«En ocasiones…
Hay hombres dispuestos a morir».
«Hay veces…
que una mujer merece que mueran por ella».
«Una espada…
No siempre es sólo una espada».
«Cuando esto
ocurre…
Nacen
historias desgarradoras».
La Memoria del Bardo
(Prólogo)
«Yo estuve
allí cuando Allwënn decidió bautizar a su espada con el nombre de ella. Cuando
se negó a sí mismo un corazón que siempre tuvo dueño. Cuando quiso morir y no
le dejamos.
Él siempre
dijo que aquella espada cuyas fauces podrían desangrar al mundo, se había
forjado en sangre. De algún modo es cierto, aunque pocos lo supieran.
Pero yo lo sé.
Yo estuve allí. De algún modo creo que aún sigo allí…»
Gharin,
Arco del Sanshary.
Amanecer de Sangre
Quiso morir… y no le dejamos.
—¡Está vivo!
Descenso a los Abismos
Primero quiso morir…
Supe que
buscaría la muerte, su muerte, por eso le seguí.
Lo hice a
través de senderos ocultos, abrazado a las sombras, apegado a sus huellas.
Nunca lo bastante cerca. Nunca lo bastante lejos.
Buscaba la
muerte pero había un enano en su interior. No iba a dejarse despeñar desde una
sima. No sería tan fácil. No se colgaría del cuello del primer árbol.
O moría por su
acero o por el del enemigo.
Cada noche
preparaba su cuerpo para recibir su propia sentencia. Cada noche practicaba
solemne el ritual pero nunca llegó a acabarlo. Su mano quedaba firme y atorada
con la punta de la daga directa en su corazón, como si fuese de piedra.
Y cada noche
tenía que obligarse a bajar la amenazadora punta de su pecho para que aquella
rigidez desapareciera.
Me preguntaba
qué le detenía en aquel último instante.
Le conocía lo
suficiente para saber de su determinación. Si había llegado hasta allí, no
sería por miedo o cobardía su fracaso.
Cada noche lo
intentaba.
Cada noche
fracasaba.
Venganza para la Venganza
Estaba obligado a
vivir.
A vivir sin ella.
Creo que lo
entendió de alguna manera, por eso hizo de su espada el vínculo último con su
alma.
Su fuerza, su
recuerdo, su guadaña.
…Y comenzó la
cacería.
Sus primeras
víctimas fueron una pequeña guarnición de rezagados que levantaron campamento
cerca de un arroyo. Apenas había una veintena de guerreros, entre orcos y hombres
del Culto.
Les cazó
mientras la mayor parte dormían.
Creo que en el
fondo iba dispuesto a morir.
Veinte
adversarios no son un ejército pero resultan demasiado para un solo hombre. Sin
embargo, la rabia habitó pronto en aquellos brazos. Los dientes de su espada
pronto masticaban carne. Su furia suicida, aquel terrible desprecio hacia el
enemigo, era un elixir de poder que crecía con cada adversario abatido.
Pronto se bañó
en sangre entre un mar de cuerpos quebrantados.
Aquella noche
un lobo más aulló a la luna, encontrando ecos en respuesta a sus aullidos.
La bestia se
había liberado.
El elfo moría
entre sus venas.
De ellas nacía
sólo el enano sediento.
Había
un motivo para desatar la cólera. Una razón, una causa…
La
Virgen de Hergos
Era ella…
Nunca existió
otra.
Se llamaba
Vÿr’Arim’Äriel. Era Virgen de Hergos, Señor de la Magia.
Su motivo para
vivir, su razón para morir…
Y la única
causa por la que matar.
Era
piel de arena y cabellos negros para unos ojos malva. Äriel no sólo era su
belleza incontestable. No era por su hermosura por lo que él se desgarraba.
Äriel era intensa, mágica. Era su sueño, su cuento. Era como un regalo del
cosmos.
Él siempre pensó que sólo había
nacido para encontrarse con ella. Siempre quiso creer que ella sólo estaba ahí
para encontrarse con él. Un amor destinado a tocar la nota más bella de la
sinfonía.
Dos almas queriendo encontrarse.
No pudo ser…
Tratar
de imaginar lo que ella significaba para él se convertía en una empresa
condenada al fracaso de antemano. Ella significaba todo lo que proporcionaba
sentido a su mundo. El regalo imposible. Lo único que daba paz a aquel corazón
guerrero. Lo único importante, lo único que valía la pena.
No
pudo ser…
El de
las Dos Tierras
Él era
Allwënn. El de las Dos Tierras.
Jamás conocí a
nadie como él.
Era hijo de la
sangre enemiga. En sus venas se daban cita dos linajes ancestrales: Sangre de
Ürull. Los más sublimes. Los elfos del Fin del Mundo. A ellos debía la belleza
de su cuerpo, la elegancia innata en la apostura, la arrogancia. También, no
puede negarse, su crueldad. Al otro lado de esas trincheras, su sangre Tuhsêk.
Sangre de los Hijos de la Piedra, la casta enana que le brindó la furia, la
fuerza, la pasión, el honor y el desgarro…
Él era Allwënn.
Sólo él podría
haber sobrevivido a su propio drama.
Fiero y
salvaje. Hondo y noble. El Destino le iba a obsequiar las heridas que harían de
él un personaje de leyenda. Aquellas grietas tendrían escritas para siempre el
nombre de una mujer. El precio exigido a su alma iba a ser devastador.
Todo brotó de
un amor más allá de toda frontera.
La bestia
nació de las entrañas de la más brillante belleza.
Teatro
de Tragedia
Aquella fisura, aquella grieta,
sucedió una madrugada ante la mirada de una Luna insomne.
Fue una
madrugada inusualmente cálida.
Hizo calor, un
calor inapropiado, un calor que casi era antesala del infierno.
Khälessar era
conocida como Ciudad Paso. Casi escondida entre los valles que abrían los
desfiladeros del Armín, era rincón de tránsito y caravanas. La ciudad perfecta
para perderse, para quien buscaba un refugio íntimo, un último refugio.
Maldita la
hora…
Una habitación
de fonda con dos cuerpos enfrentándose en una batalla ardiente. No importaba
quién resultara vencedor. Quizá ambos lo eran. No habría vencidos en aquel
duelo de amantes. Sólo piel contra piel hasta fundirse. Sólo brazos sobre
espaldas desnudas. Sólo gargantas rotas entre las sábanas.
El terrible
guerrero se convertía en fuego.
La exquisita
hechicera se hacía aire.
Aquellos
labios recorrían a pie océanos de carne crispada hasta alcanzar en un abrazo
otros labios. Aquellos dedos esculpían besos en caricias como si cada segundo
robado al tiempo fuese el último. Una maraña de cabellos en cascada, preñados
de sudor, se pegaba a cada palmo de piel que tocaban.
Furia desnuda
sin excusas ni pretexto, que se mordía, que se arañaba, que se besaba a sí
misma sin la menor compasión. Una sinfonía desacompasada de latidos de corazón
y aullidos de lobo.
Los
Celos del Rey Dragón
Nada podemos
reprocharle a Allwënn.
Él tuvo entre
sus brazos a la virgen de un Dios…
Ella que era
carne para una divinidad, una virgen, decidió entregarse a él.
Imagino al
Dios Dragón humillado al haber sido desplazado por un mortal. Supongo que ante
la derrota, sólo quedó una alternativa: ver hasta qué punto aquel mortal era
digno de esa entrega.
VI-
Ignorancia
Nadie en
Khälessar lo sabía aún.
Nada sabían de
la marea negra que poco a poco todo lo inundaba.
Demasiado
ausentes del mundo entre sus pasos y cumbres, demasiado ajenos. Nada sabían de
los estandartes que avanzaban hacia ellos. Nada sabían de los centenares de
ojos puestos en sus fronteras, de las espadas que caminaban en su dirección.
Los caminos llevaban tiempo en silencio. Tiempos de crisis, suponían. Ni
imaginaban que los tambores tocaban marchas fúnebres.
Hacia ellos
también galopábamos nosotros.
Nosotros sí lo
sabíamos.