viernes, 3 de agosto de 2012


«En ocasiones…
Hay hombres dispuestos a morir».

           
«Hay veces…
que una mujer merece que mueran por ella».

           
«Una espada…
No siempre es sólo una espada».

           
«Cuando esto ocurre…
Nacen historias desgarradoras».




                                               La Memoria del Bardo
                                                             (Prólogo)

«Yo estuve allí cuando Allwënn decidió bautizar a su espada con el nombre de ella. Cuando se negó a sí mismo un corazón que siempre tuvo dueño. Cuando quiso morir y no le dejamos.
           
Él siempre dijo que aquella espada cuyas fauces podrían desangrar al mundo, se había forjado en sangre. De algún modo es cierto, aunque pocos lo supieran.
Pero yo lo sé. Yo estuve allí. De algún modo creo que aún sigo allí…»

                                                                                               Gharin, Arco del Sanshary.





Amanecer de Sangre
Quiso morir… y no le dejamos.

—¡Está vivo!







Descenso a los Abismos
Primero quiso morir…

Supe que buscaría la muerte, su muerte, por eso le seguí.
Lo hice a través de senderos ocultos, abrazado a las sombras, apegado a sus huellas. Nunca lo bastante cerca. Nunca lo bastante lejos.
Buscaba la muerte pero había un enano en su interior. No iba a dejarse despeñar desde una sima. No sería tan fácil. No se colgaría del cuello del primer árbol.

O moría por su acero o por el del enemigo.

Cada noche preparaba su cuerpo para recibir su propia sentencia. Cada noche practicaba solemne el ritual pero nunca llegó a acabarlo. Su mano quedaba firme y atorada con la punta de la daga directa en su corazón, como si fuese de piedra.

Y cada noche tenía que obligarse a bajar la amenazadora punta de su pecho para que aquella rigidez desapareciera.
Me preguntaba qué le detenía en aquel último instante.
Le conocía lo suficiente para saber de su determinación. Si había llegado hasta allí, no sería por miedo o cobardía su fracaso.

Cada noche lo intentaba.
Cada noche fracasaba.



Venganza para la Venganza
Estaba obligado a vivir.
A vivir sin ella.

Creo que lo entendió de alguna manera, por eso hizo de su espada el vínculo último con su alma.
Su fuerza, su recuerdo, su guadaña.

…Y comenzó la cacería.

Sus primeras víctimas fueron una pequeña guarnición de rezagados que levantaron campamento cerca de un arroyo. Apenas había una veintena de guerreros, entre orcos y hombres del Culto.

Les cazó mientras la mayor parte dormían.

Creo que en el fondo iba dispuesto a morir.
Veinte adversarios no son un ejército pero resultan demasiado para un solo hombre. Sin embargo, la rabia habitó pronto en aquellos brazos. Los dientes de su espada pronto masticaban carne. Su furia suicida, aquel terrible desprecio hacia el enemigo, era un elixir de poder que crecía con cada adversario abatido.

Pronto se bañó en sangre entre un mar de cuerpos quebrantados.

Aquella noche un lobo más aulló a la luna, encontrando ecos en respuesta a sus aullidos.
La bestia se había liberado.


El elfo moría entre sus venas.
De ellas nacía sólo el enano sediento.

            Había un motivo para desatar la cólera. Una razón, una causa…


La Virgen de Hergos
Era ella…
Nunca existió otra.


Se llamaba Vÿr’Arim’Äriel. Era Virgen de Hergos, Señor de la Magia.
Su motivo para vivir, su razón para morir…
Y la única causa por la que matar.


            Era piel de arena y cabellos negros para unos ojos malva. Äriel no sólo era su belleza incontestable. No era por su hermosura por lo que él se desgarraba. Äriel era intensa, mágica. Era su sueño, su cuento. Era como un regalo del cosmos.

Él siempre pensó que sólo había nacido para encontrarse con ella. Siempre quiso creer que ella sólo estaba ahí para encontrarse con él. Un amor destinado a tocar la nota más bella de la sinfonía.
Dos almas queriendo encontrarse.
No pudo ser…


            Tratar de imaginar lo que ella significaba para él se convertía en una empresa condenada al fracaso de antemano. Ella significaba todo lo que proporcionaba sentido a su mundo. El regalo imposible. Lo único que daba paz a aquel corazón guerrero. Lo único importante, lo único que valía la pena.
            No pudo ser…



El de las Dos Tierras
Él era Allwënn. El de las Dos Tierras.
Jamás conocí a nadie como él.

Era hijo de la sangre enemiga. En sus venas se daban cita dos linajes ancestrales: Sangre de Ürull. Los más sublimes. Los elfos del Fin del Mundo. A ellos debía la belleza de su cuerpo, la elegancia innata en la apostura, la arrogancia. También, no puede negarse, su crueldad. Al otro lado de esas trincheras, su sangre Tuhsêk. Sangre de los Hijos de la Piedra, la casta enana que le brindó la furia, la fuerza, la pasión, el honor y el desgarro…

Él era Allwënn.
Sólo él podría haber sobrevivido a su propio drama.
Fiero y salvaje. Hondo y noble. El Destino le iba a obsequiar las heridas que harían de él un personaje de leyenda. Aquellas grietas tendrían escritas para siempre el nombre de una mujer. El precio exigido a su alma iba a ser devastador.
Todo brotó de un amor más allá de toda frontera.

La bestia nació de las entrañas de la más brillante belleza.


            Teatro de Tragedia

Aquella fisura, aquella grieta, sucedió una madrugada ante la mirada de una Luna insomne.

Fue una madrugada inusualmente cálida.
Hizo calor, un calor inapropiado, un calor que casi era antesala del infierno.

Khälessar era conocida como Ciudad Paso. Casi escondida entre los valles que abrían los desfiladeros del Armín, era rincón de tránsito y caravanas. La ciudad perfecta para perderse, para quien buscaba un refugio íntimo, un último refugio.
Maldita la hora…


Una habitación de fonda con dos cuerpos enfrentándose en una batalla ardiente. No importaba quién resultara vencedor. Quizá ambos lo eran. No habría vencidos en aquel duelo de amantes. Sólo piel contra piel hasta fundirse. Sólo brazos sobre espaldas desnudas. Sólo gargantas rotas entre las sábanas.


El terrible guerrero se convertía en fuego.
La exquisita hechicera se hacía aire.
Aquellos labios recorrían a pie océanos de carne crispada hasta alcanzar en un abrazo otros labios. Aquellos dedos esculpían besos en caricias como si cada segundo robado al tiempo fuese el último. Una maraña de cabellos en cascada, preñados de sudor, se pegaba a cada palmo de piel que tocaban.

Furia desnuda sin excusas ni pretexto, que se mordía, que se arañaba, que se besaba a sí misma sin la menor compasión. Una sinfonía desacompasada de latidos de corazón y aullidos de lobo. 


Los Celos del Rey Dragón
Nada podemos reprocharle a Allwënn.
Él tuvo entre sus brazos a la virgen de un Dios…


Ella que era carne para una divinidad, una virgen, decidió entregarse a él.
Imagino al Dios Dragón humillado al haber sido desplazado por un mortal. Supongo que ante la derrota, sólo quedó una alternativa: ver hasta qué punto aquel mortal era digno de esa entrega.


VI- Ignorancia
Nadie en Khälessar lo sabía aún.
Nada sabían de la marea negra que poco a poco todo lo inundaba.

Demasiado ausentes del mundo entre sus pasos y cumbres, demasiado ajenos. Nada sabían de los estandartes que avanzaban hacia ellos. Nada sabían de los centenares de ojos puestos en sus fronteras, de las espadas que caminaban en su dirección. Los caminos llevaban tiempo en silencio. Tiempos de crisis, suponían. Ni imaginaban que los tambores tocaban marchas fúnebres.

Hacia ellos también galopábamos nosotros.
Nosotros sí lo sabíamos.

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